Cuaderno de bitácora del Curso de extensión universitaria organizado por el Departamento de Antropología Social y Cultural de la UNED en el centro asociado de Las Palmas de Gran Canaria.
jueves, 26 de marzo de 2015
Viñetas de vida
Guión:VV.AA, Dibujo:VV.AA.
Astiberri, 2014
“El cómic tiene un gran poder: tiene capacidad didáctica y el don de concienciar”
lunes, 23 de marzo de 2015
domingo, 22 de marzo de 2015
sábado, 21 de marzo de 2015
La crisis explicada por Mortadelo y Filemón
Portada de El tesorero, el álbum de
Mortadelo y Filemón que se publica el 8 de abril
Mortadelo y Filemón han de encontrar al tesorero del
Partido Papilar, que se ha fugado con los fondos de la organización. Este es el
punto de partida de El tesorero, el álbum número 200 que Francisco
Ibáñez dedica a estos agentes de la TIA desde que en 1969 publicara El sulfato atómico. Esta nueva historieta
saldrá a la venta el 8 de abril y en la portada podemos ver que el villano se
parece mucho a Bárcenas. Incluso le imita en los gestos.
No es extraño que Ibáñez parodie los problemas de
contabilidad del PP. La última etapa de Mortadelo y Filemón, que comienza en
los años 90, se caracteriza por usar la actualidad como marco para sus
aventuras. Muchos apuntan que este apego por la realidad hace que se pierda
cierta parte de la esencia de los personajes, como explicaba Nacho Carretero en
un
artículo publicado en Yorokobu. Pero también es
innegable que estas historias llenas de chapuzas y fracasos son una de las
mejores formas de explicar lo que ocurre en España. Una clara muestra son los
cómics que el autor ha dedicado a la crisis: Ibáñez utiliza su humor
disparatado como arma de denuncia (amable, pero certera) de la especulación
inmobiliaria, los chanchullos y los recortes.
La burbuja inmobiliaria
Ibáñez vio venir antes que nadie los peligros de la
especulación inmobiliaria. En El señor de
los ladrillos (2004) no habla de la fiebre de las hipotecas y
los bancos apenas tienen protagonismo, pero el villano es Ladríllez Peñón, un
promotor con cierto parecido con Jesús Gil y Gil. Incluso tiene un caballo
llamado Joroboso. Que en realidad es un camello.
Este empresario se dedica a hacer negocio construyendo
edificios de la peor calidad posible, ahorrando en personal y materiales.
Mortadelo y Filemón han de infiltrarse en una obra e investigar sus
chanchullos, que incluyen maletines llenos de 500 euros destinados a paraísos
fiscales o a convencer a concejales y viceministros de que recalifiquen el
suelo a su conveniencia, incluidos los terrenos de su equipo de fútbol, el
Atleti. No es la primera referencia a las corruptelas inmobiliarias en relación
con el deporte: Ibáñez ya mostró en ¡Llegó el
euro! (2001) la recalificación y urbanización de la "ciudad
deportiva del Real Madroño", siendo uno de los primeros en escribir que
estos negocietes pintaban regular.
En esta última historieta también se menciona el
dinero negro: la divisa única hizo necesario que la TIA intentara regularizar su efectivo. Catorce
mil millones de "gastos no controlados... Sobornetes... Untadas...
Politiquillos... Futesas, je, je", explicaba el Súper, que a cambio de la
gestión y siguiendo uno de los chistes recurrentes de los tebeos, daba a los
agentes "algo para el desayuno". En este caso, "un sobre de café
en polvo y caducado".
La crisis
En Por Isis,
llegó la crisis (2009), los problemas económicos llegan a la
propia TIA: el despacho del Súper se ha de ceder a Frutas y Verduras Pepinez,
S.A. y los agentes se ven abocados al pluriempleo, trabajando por ejemplo en la
AUDI, es decir, como “apartador urbano de inmundicias”. El Súper teme que una
mano negra esté difundiendo la imagen de que el personal de la TIA no sirve
para nada.
Ibáñez presenta la crisis como un hecho cíclico y casi
inevitable, a pesar de lo escrito en El señor de los ladrillos y de lo
que publicaría dos años más tarde en Marrullería en la alcaldía. Pero
también muestra una sociedad en la que se nota el miedo al despido y aparece la
necesidad de aceptar empleos peor pagados. Eso además de las manifestaciones,
en las que participan trabajadores, gente que necesita una vivienda, los
animales del zoo y, finalmente, los propios agentes de la TIA. En una de las
viñetas, incluso el rey.
Eso sí, vuelve a darse la paradoja que ya
señalaba Carretero en su citado artículo: es normal que el
superintendente Vicente quiera mantener su empleo, ¿pero qué ata a Mortadelo y
Filemón a su trabajo, que consiste en ser maltratados por su jefe y por sus
enemigos a cambio de un sueldo miserable que apenas les da para vivir en una
pensión? Qué absurdo: se amarran a un empleo mal pagado en el que no se les
valora. Este Ibáñez tiene una imaginación impresionante.
La corrupción
Marrullería
en la Alcaldía ataca en 2011 otra de las causas de la crisis: la
corrupción política. En este caso, Mortadelo y Filemón han de investigar al
alcalde de Valdeporretas, que ha malversado los fondos del ayuntamiento. Por
ejemplo, un simple fuelle para ayudar a las gallinas a poner huevos ha costado
“onsesientos mil euros”. También se ha construido un puente, a pesar de que en
el pueblo no hay río. En definitiva, presupuestos hinchados y proyectos para
amiguetes.
El alcalde milita además en los dos partidos, para que
nadie se enfade: el PEPO (Partido Emperrao en Poner Orden, parodia del PP con
un buitre en el logo) y el PSAO (Partido Suprimidor de Arciprestes y Obispos,
parodia del PSOE, en este caso, con un puño sosteniendo una alcachofa). El edil
celebra dos mítines y dice lo mismo en ambos. Tiene la cara tan dura que le
lanzan un ladrillazo y el ladrillo queda hecho añicos.
Por cierto, Ibáñez detectó los chanchullos de las
rotondas dos años antes que Nación Rotonda.
Los recortes
En ¡Tijeretazo! (2014), Ibáñez se centra en los
efectos de la situación económica. La TIA, empresa gubernamental al fin y al
cabo, encargará a los agentes que identifiquen y neutralicen a quienes
aprovechan el descontento social ocasionado por los recortes para “levantar a
las masas provocando disturbios, anarquía, motines, tumultos...”
Pero a pesar de que Mortadelo y Filemón están a
servicio de los poderes fácticos (y no se cuestionan su tarea en ningún
momento), Ibáñez aprovecha para darle un buen repaso al panorama actual. En el
hospital, los enfermos de la UVI están en sacas colgadas del techo, una vela
sirve como aparato de rayos X y las transfusiones se hacen con sangre de gato.
En el zoo, un burro con maderos hace las veces de ciervo y el león, calvo, se
alimenta de bocadillos de sardinas. En el asilo, la sopa se sirve con
ventilador y el oxígeno se ha sustituido por insecticida.
Los recortes han llegado incluso al campo, a pesar de
que se hicieron obras para llevar el AVE al pueblo. La línea se suprimió porque
“en dos años sólo lo utilizó un viajero… ¡El cura! ¡Y además no pagó, claro!”.
La obra, que incluye una escalera mecánica que no lleva a ningún lado, es el
cierre perfecto, ya que nos recuerda por qué en el hospital el trasplante no es
de brazo, sino de pata de caballo.
El AVE tiene cómic propio: El UVA
(Ultraloca Velocidad Automotora), de 2003. Las obras del tren de
alta velocidad están sufriendo sabotajes por toda España, desde Valdenabos a
Villaceporra. Poco a poco se descubre la verdad: estos supuestos sabotajes no
son más que chapuzas, el elemento en el que mejor se mueve Ibáñez: pequeños
hoyos en los que hay hasta dinosaurios, trenes que funcionan con un brasero y
leña, y túneles pintados porque han de ir los políticos y la tele. Pero no sólo
hay chapuzas, sino también corrupción: el trazado del UVA beneficia a
constructores y políticos que se encuentran con terrenos revalorizados gracias
a apeaderos y rodeos absurdos, con Aznar y Cascos preocupados tan sólo por
inaugurar antes de las elecciones.
El epílogo de ¡Tijeretazo! supone una venganza
al estilo Ibáñez: Mortadelo y Filemón recortan (accidentalmente) la nariz de
Rajoy. Demos gracias a la TIA por estos momentos.
Autor: Jaime
Rubio Hancock
Vía: El País, 21/03/2015
F:http://verne.elpais.com/verne/2015/03/17/articulo/1426605381_635577.html
Hergé no quería invadir Polonia
La noticia es cíclica y se repite cada pocos meses: un libro de Tintín (casi siempre, Tintín en el Congo) ha sido prohibido en algún lugar del mundo entre acusaciones de racismo. Esta semana ha sido el turno de Canadá, aunque con una ligera novedad: el título de la polémica es Tintín en América, el segundo álbum oficial (tercero si se incluye Tintín en el país de los soviets, del que Hergé renegó como un “pecado de juventud”).
El pasado miércoles, la prensa del país norteamericano informaba
de que la cadena de librerías Chapters había dejado de vender el cómic
en el que el famoso reportero lucha contra las mafias de Chicago en los
años 20. ¿La razón? Las quejas recibidas por la representación que se
hace en el libro de los indios nativos americanos, que responden a todos los estereotipos del lenguaje en infinitivos y el arrancamiento de cabelleras.
Poco
ha durado el asunto esta vez, ya que tras el revuelo mediático, la
cadena anunció que el libro “no violaba sus políticas” antes de
devolverlo a las estanterías. Y, aunque no se mencionaba en la
declaración oficial, es posible que alguien tuviera la lucidez de
señalar que en Tintín en América encontramos una nada disimulada crítica a la manera en la que el voraz capitalismo estadounidense expulsa de sus tierras a las tribus nativas.
Hasta aquí, nada nuevo respecto a lo que tantas veces se ha dicho: que las primerísimas aventuras de Tintín están repletas de tópicos colonialistas
y eurocéntricos, e impregnadas de paternalismo hacia el resto de razas.
Básicamente, la mentalidad que regía en la sociedad belga de principios
del siglo XX en la que se movía un joven de veintipocos años llamado Georges Remi, que invirtió el orden de sus iniciales para adoptar el seudónimo de Hergé.
Afortunadamente,
el dibujante tardó poco en darse cuenta de que, para ambientar sus
historias en otras latitudes, necesitaba documentarse más allá de los
clichés. Ya en el cuarto álbum -El loto azul- pintaba un retrato
minucioso de la complicada situación política entre China y Japón
mientras Tintín y su amigo Tchang se reían juntos repasando los tópicos
occidentales sobre el lejano Oriente. Más adelante vendrían una veintena
de historias guiadas por los valores del humanismo, la tolerancia, la defensa del débil y en contra de cualquier totalitarismo.
Pese a ello, a día de hoy, la figura de Hergé no ha conseguido librarse del todo de la pegajosa etiqueta que le señala como simpatizante del fascismo. Los elementos para la sospecha son conocidos. El dibujante entró muy joven en Le XXème Siècle, un periódico ultraconservador, nacionalista y católico bajo el influjo del abad Wallez, quien 'orientó' sus primeros trabajos. Allí hizo amistad con otro chico, Léon Degrelle, que con el paso de los años sería un conocido líder fascista y protegido de Hitler, y que fue quien consiguió a Hergé sus primeros cómics.
Algunos años después, Degrelle fundaría el Partido Rexista,
de claro corte totalitario, si bien Hergé rechazó la invitación para
unirse a la formación e ilustrar sus carteles. Aun así, Degrelle no
quiso dejar pasar la oportunidad propagandística, proclamando en público
“¡Tintín soy yo!”, ya que afirmaba que Hergé se había inspirado en él
para la creación del personaje.
“'El cetro de Ottokar' es un 'Anschluss' fallido”
Todo
esto es bien sabido, y sin embargo, se ha puesto mucho menos el foco
sobre el hecho de que, en la convulsa situación europea de la segunda
mitad de los años 30, Hergé realizó un contundente e inequívoco alegato en contra de la expansión nazi. Este manifiesto, que a día de hoy puede encontrarse en cualquier librería infantil, no es otro que El cetro de Ottokar, la séptima aventura de Tintín y una de las más valoradas por los aficionados.
Situémonos:
- Marzo de 1938: la desestabilización orquestada por los nazis fuerza la dimisión del canciller austríaco Schuschnigg.
Esa misma noche, las tropas alemanas entran en el país y cinco días
después, Hitler proclama el 'Anschulss' (anexión) de Austria.
- Agosto de 1938: Aparece en la prensa el primer episodio de una nueva historia de Tintín, que entonces se llamaba Tintín en Syldavia (posteriormente, El cetro de Ottokar).
- Septiembre de 1938: Francia y Gran Bretaña firman los acuerdos de Múnich que autorizan la anexión de los Sudetes por parte de Alemania.
En
los meses sucesivos, mientras el expansionismo de Hitler funcionaba a
toda potencia ante el desconcierto de los países occidentales, Hergé
publicaba regularmente nuevos episodios de la historia de Syldavia, un pequeño país centroeuropeo que sufría el acoso de la vecina Borduria.
En
la historia, Tintín descubre una conspiración para destronar al rey
sildavo (Muskar XII, sucesor de la dinastía de Ottokar) y facilitar así
la invasión del país por parte de Borduria. Años después, Hergé
confirmaría lo obvio en una entrevista: “Estaba hablando de Alemania. El cetro de Ottokar es la historia de un Anschluss fallido”.
Si
el lector se aproxima a la obra con la mirada atenta, descubrirá
infinidad de detalles escogidos cuidadosamente por Hergé para establecer
paralelismos con la creciente tensión política que se desarrollaba en
esos momentos en el Viejo Continente.
Para empezar, Syldavia no es
el reflejo ficticio de un país concreto sino la mezcla de varios. Por
un lado, el dibujante se decantó por las terminaciones en -ow (la
capital de Syldavia es Klow, el castillo del rey es Koplow) para imitar
la sonoridad de las ciudades de Polonia. Pero también hay ecos de Albania (invadida por Mussolini)
en los minaretes del paisaje y la bandera del país, cuyo pelícano negro
está inspirado en el águila negra albanesa. Además, la facción que
intenta derrocar al rey en el cómic es la Guardia de Acero, evidente
referencia a la Guardia de Hierro, el movimiento fascista de Rumanía.
Y si las víctimas estaban claramente señaladas, más aún lo estaban los verdugos. En el libro, el líder de los conspiradores es Müstler, una poco disimulada combinación de Mussolini y Hitler, cuyos partidarios se saludan y despiden a la voz de Amaih!, que recuerda sin disimulo al Heil! de los nazis.
Hergé llegó incluso a 'tomar partido' personalmente, ya que se dibujó a sí mismo acompañado de su esposa, su hermano y su asistente entre los partidarios del rey Muskar XII.
Hergé anticipó la Operación Himmler
En
la parte final de la aventura, Tintín consigue hacerse con documentos
secretos de los conspiradores bordurios en los que se detalla su plan
para la conquista del poder en Syldavia: “La víspera de San Wladimiro, los agentes provocadores de las secciones de propaganda fomentarán los incidentes
y actuarán de forma que los habitantes de nacionalidad borduria sean
objeto de malos tratos. Al día siguiente, las secciones de choque
ocuparán la emisora de Radio Klow...”.
Esta
operación de 'bandera falsa' fue precisamente el sistema utilizado por
los nazis para justificar la invasión de Polonia, apenas un mes después
de que terminase la publicación de El cetro de Ottokar en la prensa belga. Fue la llamada Operación Himmler o Provocación de Gleiwitz,
un ataque de tropas alemanas con uniforme polaco a la emisora de radio
fronteriza alemana de esa localidad, para luego difundir un mensaje en
el que se animaba a la minoría polaca de Silesia a tomar las armas
contra Hitler.
En cualquier caso, en agosto de 1939 Tintín había
salvado Syldavia, pero en la realidad no pudo evitar la invasión de
Polonia ni la de su propia patria, Bélgica, ocupada en mayo de 1940 por
las tropas nazis.
La acusación de colaboracionismo
Una vez consumada la invasión de Bélgica el rey belga Leopoldo III
realizó un llamamiento pidiendo a todos los ciudadanos que volvieran a
sus casas y trabajaran por el bien de la nación. Hergé, un hombre
profundamente patriota y monárquico, respondió a la llamada volviendo a
Bruselas (se encontraba en Francia en ese momento) y buscando un empleo,
que encontró en el diario Le Soir.
La historia dejaría en
mal lugar al rey Leopoldo y a Hergé, que habrían quedado limpios
exiliándose a Londres con el Gobierno del país. Muy pronto Leopoldo fue
obligado a abdicar en su hijo Balduino y Hergé se encontró trabajando en un diario colaboracionista,
controlado por los nazis y puesto al servicio de su propaganda.
¿Ingenuidad, cobardía, sentido práctico...? En cualquier caso, el
dibujante decidió que Tintín seguiría en Bélgica intentando entretener a
sus compatriotas en aquellos años negros y se dedicó a realizar
historias de corte más fantástico que no resultaran polémicas, como La estrella misteriosa o El secreto del unicornio. Años después, el propio Hergé reconocería en una entrevista: “Mi ingenuidad en aquella época rozaba la necedad, podemos decir que incluso la estupidez”.
Tras la victoria aliada, Hergé fue arrestado cuatro veces acusado de simpatizar con el nazismo por trabajar en Le Soir y
de contribuir con sus viñetas a la difusión de una herramienta de
propaganda. El dibujante pasó dos años apartado del trabajo en prensa y
sólo pudo rehabilitarse profesional y personalmente gracias al héroe de
la resistencia belga Raymond Leblanc, un editor admirador de Tintín que le proporcionó apoyo económico y le consiguió su “credencial de civismo”.
Leblanc
proclamó que las aventuras del joven reportero habían subido la moral
de los belgas durante la ocupación y como argumento incontestable
esgrimió la historia de El cetro de Ottokar: el día que Tintín venció a Hitler.
Autor: Álvaro Rigal
Vía: El confidencial,
F:http://www.elconfidencial.com/cultura/2015-03-21/herge-no-queria-invadir-polonia_731261/
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
África se dibuja en el Festival de cómic de Angulema
Imagen del cómic Vaudoo Soccer, de Simon Mbumbo. youtube Sonia Fernández Quincoces Bilbao 23 ENE 2018...
-
Imagen del cómic Vaudoo Soccer, de Simon Mbumbo. youtube Sonia Fernández Quincoces Bilbao 23 ENE 2018...















